Autor: MIGUEL BAQUERO
Serie: APUNTES LITERARIOS
Título: LA CARRETERA, DE CORMAC McCARTHY. LA CARA OPUESTA DE ROBINSON CRUSOE
Categoría: OPINIÓN
Género: LITERATURA
Tipo de licencia: 1
Fuente: © Miguel Baquero y La Vieja Factoría
Observaciones: 6.500 caracteres
La carretera, de Cormac McCarthy
La cara opuesta de Robinsón Crusoe
La Tierra también puede ser esto: un mundo devastado, campos humeantes, ríos que bajan cargados de ceniza, árboles que se yerguen calcinados. Aquí y allá granjas en ruinas, abandonadas, aquí y allá rocas ennegrecidas, un aire que llega desprovisto de aromas, y ni una sola alma en cuanto abarca la vista. Una reciente hecatombe, ignoramos de qué naturaleza, pero cruenta y total, ha acabado con el mundo tal como era y el viejo planeta azul, amable y fértil, rico en colores y pletórico de detalles, ha quedado convertido en una triste superficie cenicienta, baldía e inhóspita.
Ignoramos también de qué lugar han surgido, pero dos personajes, un hombre y su hijo, al que adivinamos en torno a los doce años, recorren este desolado panorama empujando un carrito de supermercado lleno de trapos que les pueden servir de abrigo, de objetos que han encontrado por el camino y han ido echando al cesto por si pudieran serles alguna vez de utilidad (unos alicates, la montura de unas gafas, un quemador de gas…), y de latas de comida que han conseguido rapiñar de las granjas. Caminan al hilo de la carretera, ignoramos en qué dirección, con qué destino, si es que llevan alguno, acaso alguna vez se refieren al sur, pero más cabe pensar que siguen la interestatal sin rumbo definido y por la simple razón de no permanecer parados. Porque de vez en cuando han de detener su marcha, echarse a un lado de la carretera y ocultar el carro entre la maleza calcinada; aprestando el oído han sentido que se acercan otros seres humanos y eso significa peligro. A lo largo de su marcha, padre e hijo hallaran, en las cunetas, restos de seres humanos que han sido devorados, cadáveres amputados sobre los rescoldos de una hubiera reciente, e incluso, en su afán por obtener comida, padre e hijo llegaran a introducirse en una granja de apariencia abandonada en cuyo sótano se hallan amarrados, esperando el momento del sacrificio, varios congéneres…
Una de las más preciadas posesiones de los dos errabundos es una pistola con dos balas en la recámara; y algunas noches el padre instruye al hijo sobre lo que debe hacer, sin titubeos, sin miedo, apuntando hacia el cielo del paladar, en caso de que sean capturados por otros de su especie.
La carretera, última novela del escritor norteamericano Cormac McCarthy, premiada con el premio Pulitzer en el año 2007, es una obra que, en gran manera, simboliza y sintetiza el pensamiento del hombre actual. No ya por la manera en que nos presenta una naturaleza arrasada, no es tan simple como eso ni creo que esté en el ánimo de McCarthy hacer (sólo) un llamamiento ecológico y antibelicista (algo sopla en el aire mudo y tiembla en la nieve sucia de la novela que nos hace pensar que ha habido una reciente conflagración nuclear). La carretera va más allá de todo eso y se alza como un ejemplo de la perdida de confianza en sí mismo del hombre contemporáneo.
Hay algo, por ejemplo, en esta novela que la conecta con Robinsón Crusoe. Es sin duda la soledad ante el mundo, pero también el tener que sobrevivir en medio de un ambiente hostil y sin más armas que las de tu propio esfuerzo y tu inteligencia. Crusoe y el protagonista de La carretera (cuyo nombre, no por casualidad, nunca se pronuncia a lo largo de la novela: es un hombre desposeído hasta de su identidad) se hallan perdidos en medio de la nada. El personaje de Defoe, típico predecesor del hombre nacido con la revolución industrial, exponente de la capacidad humana y ejemplo vivo de la idea de progreso, consigue no sólo vencer a los elementos y domesticar a la naturaleza, sino fabricar incluso un remedo de su civilización, construir, cultivar, crear y hallar en los demás hombres (Viernes) un poso de bondad y de grandeza. El hombre de 1719 conquista el mundo, fija sus límites, crea ingenios, multiplica el rendimiento de los campos y halla posibilidades inusitadas en el vapor del agua. Los descendientes de Crusoe confían en el progreso, hasta llegar a las cotas, por ejemplo, de un Julio Verne, que considera esta progresión ilimitada y cree que, de invención en invención, acabará por llevar al ser humano a la suprema bondad, a la superación de todas las diferencias y a la sociedad perfecta.
Algo, sin embargo, se ha roto entre principios y finales del siglo XX. Entre la isla por conquistar de Crusoe y la carretera interestatal que cruza campos humeantes. Entre el hombre que triunfa sobre la adversidad y el hombre que arrastra el carro de un supermercado camino adelante, movido quizás tan sólo por el mero instinto de supervivencia. En un determinado momento, la perspectiva humana ha cambiado, el progreso ya no nos conducirá a maravillosas ciudades en las nubes o artefactos perfectos que surcan el fondo del mar; el progreso parece arrastrarnos a granjas destruidas, refugio de bandas caníbales, a hombres que se evitan y se esconden, que desconfían y se eluden.
Reflejo también de este cambio de patrón es la habilidad técnica del protagonista tanto en Defoe como en McCarthy. Los dos personajes saben utilizar sus manos, emplear las herramientas, aplicar la inteligencia y aun la imaginación a la resolución de problemas prácticos. Pero si aquello, en el náufrago, le llevaba a edificar una vivienda, crear campos de cultivo y pergeñar armas de defensa, en el vagabundo, sin embargo, apenas si le sirve para solucionar el problema de su sustento diario, como método de escapatoria inmediata y al final ni siquiera logrará vencer por ese medio a la muerte. Es una técnica casi inútil, vacía, circunstancial, todo lo más un triste medio y nunca la meta de que se animaba el hombre a principio de la industrialización.
La carretera, pues, de manera simbólica, refleja el mundo en el que nos hallamos y la naturaleza del hombre y de sus sueños. Un espacio sin duda agotado y transitando por el cual, arrastrando en un carro nuestros harapos y nuestras tristes pertenencias, no llegaremos a ningún sitio, y si llegamos en sin habérnoslo propuesto, lo cual carece de valor. Hay que cambiar, sin duda, debemos cambiar, y en el fondo de la novela de MacCarthy se aprecia, pese a todo, un atisbo de esperanza. Siempre en clave simbólica, en un determinado punto de la novela el protagonista, acuciado por el hambre, entra en una granja a arramplar con los restos que se les hayan escapado a otros saqueadores. En el suelo encuentra unas manzanas. Es, quizás, el primer fruto que dan aquellos árboles arruinados. El primer fruto. Y en el suelo hay más de las que pueda recoger o cargar en el carro.
02-08-05-01: La carretera, de Cormac McCarthy
Etiquetas: Apuntes literarios, Licencia 1, Literatura, Miguel Baquero, Opinión
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01-08-04-01: Por una nueva crítica literaria (III)
Autor: Emiliano Molina
Serie: De crítica
Título: Por una nueva crítica literaria III
Categoría: Opinión
Género: Literatura
Tipo de licencia: 5
Fuente: © Emiliano Molina y La Vieja Factoría
Observaciones: 2.586 caracteres
Alejarse de esos planteamientos es muy difícil. Se dan por sentadas ciertas posiciones que hacen casi imposible desviarse del dogma oficial (y oficioso), y aquel que incurre en negligencia a la hora de observarlas no es considerado “digno” de entrar en el círculo.
Con la llegada de Internet y su supuesta democratización de la información, hubiera sido deseable establecer nuevas categorías, nuevos enfoques críticos que se separasen de los cánones imperantes y abriesen nuevos caminos para la crítica literaria.
No ha sido así. Como ya dije, en el ciberespacio literario se ha aposentado un círculo de “elegidos” (o autoelegidos) que se propugnan como nuevos pensadores y que se limitan a reiterar tesis mil veces escuchadas. Sus poses teóricas son rompedoras, tratan de asimilar —casi por la fuerza— la modernidad contemporánea casi a la fuerza, incluyendo en sus ensayos Internet, los rizomas, la narrativa fragmentaria, la amalgama temática, o lo-que-sea; todo vale, con tal de que sea estrictamente actual y que parezca oponerse a la literatura anterior.
Sin embargo, caen en los mismos tópicos de siempre, y cometen los mismos errores que sus predecesores. La eterna lucha padre-hijo se da también en este campo, y no difiere en absoluto de cualquier otra oposición modernidad vs. tradición. La única diferencia es que estos “nuevos críticos” tienen a su disposición un medio de expresión de alcance global, de infinitas posibilidades, que permite un acceso casi instantáneo a cualquier información y que, por añadidura, permite así mismo la difusión inmediata y masiva de cualquier teoría o idea.
A esto hay que añadir el conocimiento de nuevos medios de difusión, de nuevas “técnicas de marketing”, que suscitan entre el público potencial respuestas que, de otra manera (con tecnología más antiguas, o sin tecnología en absoluto), serían desconocidas, o directamente inexistentes. La capacidad de autobombo, de vender su producto, se multiplica y permite que el mensaje (sea ensayo, idea, pensamiento u obra literaria propia) llegue a miles, millones de personas. La pose alternativa, las ideas falsamente novedosas y las teorías disfrazadas para resultar rompedoras, calan rápido entre un sector desacostumbrado a escuchar ese tipo de mensaje, y se crea la sensación de estar ante un nuevo tipo de crítica (y de crítico) que ha roto con lo establecido y trata de abrir nuevos caminos.
Obviamente, este trabajo de mercadotecnia es visible, pero se ofrece como alternativa a un campo que ha agostado cualquier tipo de comunicación con un público amplio y no-profesional. Esa viabilidad (que cualquiera conozca a los autores que se estudia, que se establezcan conexiones culturales con el público, que los estudios se basen en juicios sobre elementos actuales y modernos como la música, el cine o la televisión, que las referencias sean contemporáneas, incluso para referirse a clásicos) convierte a una simple alternativa homologable a cualquier corriente crítica existente, en una escuela con carácter propio, poseedora de una verdad casi incuestionable.
Etiquetas: De crítica, Emiliano Molina, Licencia 5, Literatura, Opinión
06-08-04-01: Viento en los oídos ante el espejo
Autor: José Marzo
Serie: ---
Título: Viento en los oídos ante el espejo
Categoría: opinión
Género: literatura, historia
Tipo de licencia: licencia 1
Fuente: © José Marzo y La Vieja Factoría.
Observaciones: 11.053 caracteres
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La idea para una novela se presenta sin avisar. En 1997, en Alicante, donde entonces vivía, una frase me vino de pronto a los labios: «Años antes de que yo naciera, mi tío Isidro fue llamado a filas para defender a tiros las últimas posesiones del imperio».
No recuerdo las circunstancias que propiciaron lo que, en aquel momento, era una de tantas ocurrencias sin más porvenir que ser registradas en el cuaderno de notas. Unas ideas quedan aparcadas en el cuaderno hasta que, releyendo el apunte, éste acaba por no transmitir nada. Parecen apuntes mudos. Otros, en cambio, se rumian, despiertan nuevas ideas y van haciendo amigos. Aquella frase me abrió la posibilidad de contar la historia de un país. Pero no exactamente. En los siguientes apuntes ya veía una vetusta ciudad en calma, anclada en el pasado y presidida por un castillo, una catedral, un hospicio. De pronto irrumpía la industria y, con ella, una nueva clase de trabajadores. Los campesinos se convertían en obreros. La ciudad se transformaba, añadiendo un cinturón de nuevos barrios. Llegaban el tren, el globo aerostático, los coches a motor, el primer avión. Los analfabetos aprendían a leer. Algunos se rebelaban, aspiraban a conquistar nuevos derechos. Sí, eso es lo que quería contar. Quería contar la historia de la modernización.
Ya en la primera frase había dos protagonistas. Uno de ellos era Isidro. Se trataba de un campesino, un miembro del viejo mundo destinado a extinguirse. Isidro, hortelano, tendría que experimentar a lo largo de la novela un cambio de mentalidad, un aprendizaje que le permitiera reconocer el nuevo entorno en el que vivía. El otro personaje era el narrador. Se trataba de un niño que hablaba de hechos que no había vivido. No le había puesto nombre, aún desconocía su edad y sus circunstancias personales, pero sabía que tenía tendencia a la exageración, que su carácter le empujaba a alterar los relatos que había escuchado e incluso a añadir cosas dictadas por su propia imaginación. Supe enseguida lo que no quería contar: no deseaba hacer una novela histórica, que narrara unos hechos concretos en una época determinada y en lugares reconocibles. ¿Qué quería contar, entonces? Una historia que trascendiera la académica, el relato oficial, para enriquecerlo: una fábula, presentada como tal, una parábola de la rigurosa historia.
Durante años fui añadiendo más ideas a la idea, definiendo los personajes y su evolución, dando cuerpo a ese esqueleto menudo que aún no se sostenía por sí solo y que carecía de vida. Había una guerra lejana para mantener las últimas posesiones del imperio. Isidro dejaba mujer e hija, pero a su regreso las había perdido a ambas en los brazos de otro marido y otro padre. Recuperaba la amistad con un viejo amigo de la infancia, joven exaltado y trabajador de la industria que se convertiría en anarquista convencido y después en azote de sus viejos compañeros. Un profesor idealista crea una escuela, al modo de los avanzados libertarios como Ferrer i Guardia, o como los barbudos descritos por Arturo Barea que en los años diez impartían clases en la plaza Mayor de Madrid. Los nuevos obreros van tomando conciencia de su clase social, se hacen socialistas. Hay revueltas y represiones, y llegan los ecos de la revolución soviética, contestados por un «prietas las filas» del gobierno. Se suceden las experiencias de reforma institucional. Como en Italia, como en Alemania, el fascismo engorda. Siguiendo el péndulo de la historia, se produce una experiencia democrática y, tras ella, un nuevo bandazo que desemboca en un golpe de Estado y en una guerra social.
La historia contemporánea me servía de guía: las revueltas cantonalistas, las aventuras imperialistas europeas en América y África, el sindicalismo, las revoluciones industrial y científica, el anticlericalismo, la educación laica, nuevas formas de hacer arte para sentir un mundo distinto. En este proceso, me inspiré libremente en la historia de varios países, especialmente en la española. España había concentrado en unas décadas la evolución que países como Francia habían sufrido en periodos más prolongados. En este proceso, que me llevó varios años, descubrí en mis recuerdos una mina de experiencias que, como el niño narrador, yo tampoco había vivido. Pero esto merece una explicación.
Nací y me crié en Madrid. Pasé mi infancia y mi adolescencia en La Elipa, un barrio obrero de la periferia. Mis padres eran oriundos de La Mancha, de pueblos de tradición agrícola, de donde emigraron en los años cincuenta para trabajar en la industria y los servicios de la capital. Mi padre sería durante treinta años operario de la cadena de producción de una importante fábrica de coches; mi madre trabajaría algunas épocas como limpiadora en hoteles y como asistenta en casas particulares. Pese a que aún conservan familiares en sus respectivos pueblos, nunca se establecerían de nuevo en ellos. Las vacaciones de verano preferían llevarnos a la costa del Mediterráneo, a Málaga, donde alquilaban un piso por semanas en barrios alejados de la playa, o al pueblo de Segovia en el que compartían la propiedad de una vivienda.
Sólo visitaban sus pueblos natales para asistir a un entierro o a una boda. Esto bastaría de prueba de su desarraigo. Los motivos por los que los abandonaron eran tanto económicos como sociales, políticos. Fueron niños de la guerra. Las familias habían quedado rotas por esa contienda que ha pasado a los anales como Guerra Civil española. Mi abuelo materno, exiliado en Francia. Mi abuela paterna, muerta en la posguerra a causa de la tuberculosis. Entre mis tíos-abuelos se contaban numerosos represaliados, con penas de cárcel y algún simulacro de fusilamiento. Los años cuarenta fueron, en La Mancha, como en toda España, años de miseria y de pesadumbre. Mi padre, con los demás chiquillos del pueblo, se adentraba en los campos para tomar la cena directamente de la viña. Mi madre sería marginada en el colegio, en su entorno social, por ser hija de un combatiente republicano.
Pero mis padres nos hablaban de su infancia con alegría. Las carencias eran motivo de conversación animada y de chiste. Las penurias se curaban con risas.
El menor de tres hermanos, fui criado en un piso pequeño pero bien ventilado y confortable, asistí al colegio y al instituto, nunca me faltó lo necesario. En mi casa había lavadora y televisión, algunos libros. Otros los tomaba prestados en la biblioteca de Las Ventas. Tuve una infancia y adolescencia normales, con los problemas normales y las alegrías normales de un joven de una metrópoli como el Madrid de los años setenta, que atravesaba por ese periodo histórico conocido por Transición. Llegaría la democracia y la reconciliación ciudadana. En clase, los chavales hablábamos y discutíamos sobre política sin miedo, expresábamos nuestras ideas y escuchábamos las de los demás. Luego jugábamos al voleibol o al baloncesto, juntos los que se sentían de izquierdas y los que se sentían de derechas, los que asistían a misa cada domingo y los que no iban nunca, y también los que, según la expresión al uso, «pasaban de todo». En casa, las historias de la posguerra, la miseria y la exclusión se nos antojaban el relato lejano de un mundo que no conocí personalmente y que tenían lugar en un escenario básico, muy distinto del entorno desarrollado y complejo que me rodeaba. Con los años, este entorno ha sido (y será) el lugar fundamental de mi literatura. Ésta es la sociedad en la que vivo y con la que dialogo, la que conozco, cuyas alegrías comparto y cuyos problemas me preocupan. Mi paisaje es la ciudad atestada de coches, mi música es el rock y el pop, mis experiencias son el trabajo en la industria y el sector servicios, mis libros de cabecera están firmados por autores que palpitan en otras ciudades muy parecidas a la mía, en Francia, en Alemania, en Rusia, en Estados Unidos.
Pero aquellas historias escuchadas en casa y que casi parecían de otro mundo podían ocupar un espacio en Viento en los oídos. Tenían que formar parte de él. De un modo inconsciente, ¿no era ésta la historia que desde el principio había deseado contar? ¿No me había estado engañando acerca del objetivo último de la novela y, en realidad, no se trataba sólo de una fábula sino también de un ejercicio de memoria personal? Yo no había vivido aquellos hechos, tan sólo los había escuchado. Los protagonistas cultos de la época ya nos legaron su testimonio directo: Arturo Barea, Eduardo Guzmán, Ramón J. Sender... Viento en los oídos no podría funcionar como una crónica realista. De pronto, mi propósito inicial y el que estaba empezando a descubrir se armonizaban. Conservo un apunte en mi cuaderno de notas: «Ahora ha llegado el momento de contar nuestra visión de la historia contada, nuestra digestión del pasado. Si deseamos incorporar el pasado al futuro, debemos contarlo a nuestra manera. El verdadero aprendizaje es una apropiación».
Los paisajes llanos de La Mancha y el desierto de los Monegros se colocaron como telón de fondo de la novela. El manto de los campos cultivados visto desde el castillo de Calatrava II, en las estribaciones de Sierra Morena. La vieja casa de adobe y con patio en la que yo sólo estuve una vez. El pozo de agua clara y fresca. La caja de peines de nácar. Los bailes de Carnaval. Historias populares de la guerra de Cuba, de Marruecos y de la guerra civil. La rabia de mi abuelo, condenado, primero, a no traspasar el umbral de su casa, luego el límite del municipio, y luego el de la comarca. Mi padre, que siendo un muchacho vendía ajos por los pueblos cercanos. Las tragedias de la represión y ese querer reírse de uno mismo que permitió que tantos sobrevivieran espiritualmente a los peores años del autoritarismo.
Viento en los oídos no es una historia de España. Es una fábula sobre la modernidad inspirada en la historia contemporánea. La ciudad de Titulcia, que está rodeada por el paisaje de la Castilla de Machado, acoge ecos de los socialistas asturianos y de los anarquistas catalanes. Quise hacer una novela autónoma, que no debiera rendir cuentas ante los monográficos sobre la guerra civil española y que pudiera ser entendida y disfrutada por un italiano, un francés o un ruso, por un hombre de hoy y por un lector de nuestro siglo. No pretendí ser ecuánime ni adoptar equivalencias entre posturas encontradas. No es un libro de moral. La moral está con todos y con nadie por entero. Somos seres humanos, capaces de ternura y de crueldad. Sólo la lucha por la justicia es intemporal. El lenguaje de los rebeldes idealistas está hecho con gestos que se entienden en todos los idiomas y en todas las épocas. Quise tomar partido por el progreso científico y tecnológico, por los valores democráticos y, sobre todo, por las gentes sencillas, por esas que sufrieron la miseria y la ignorancia y que lucharon día a día por esquivar la una y superar la otra. Esas personas que en los tiempos oscuros sintieron el soplo del viento en los oídos, y que no tuvieron más hilo de transmisión de su memoria que el relato repetido a diario alrededor de la mesa y en voz baja.
Etiquetas: Historia, José Marzo, Licencia 1, Literatura, Opinión
02-08-03-02: Los deportistas
Autor: MIGUEL BAQUERO
Serie: MEMORIAL DE ENVIDIAS
Título: LOS DEPORTISTAS
Categoría: OPINIÓN
Género: SOCIEDAD
Tipo de licencia: 1
Fuente: © Miguel Baquero y La Vieja Factoría
Observaciones: 8.488 caracteres
Los deportistas
A mí me hubiera gustado ser deportista, pero no un deportista cualquiera, sino un deportista de élite. ¿A quién no? Ser, por ejemplo, medallista olímpico. Subir de un grácil salto a lo más alto del podio mientras por la megafonía resuena mi nombre y, una vez en el escalón superior, agitar las manos con gesto de alegría en todas direcciones; luego bajaría la cabeza para que el secretario de la federación tal, o el miembro del COE cual, me pusiera sobre el cuello una medalla, le estrecharía la mano con efusión, cogería con gesto alegre el oso de peluche o la mascota, en fin, de los juegos que me tendiese la azafata, me erguiría para oír con gesto solemne y cara de importancia el himno de mi país y, concluidas ya las notas musicales, agitaría la mano de nuevo en todas direcciones para agradecer al público sus aplausos…
¿Qué puede durar esto? ¿Tres, cuatro minutos? En realidad, si vengo a pensarlo, no envidió tanto el hecho en sí de acabar laureado como a la gente que cifra en esta ceremonia todas sus esperanzas, años de esfuerzo, sacrificio, disgustos…, a esas personas que construyen sobre la meta de este aparato todo su modelo de vida y, terminada su carrera deportiva, hacen girar en torno de estos apenas cinco minutos todos sus recuerdos e inclusos sus convicciones y sus ideales.
Tal vez por ello, a mí me hubiera gustado ser, ya digo, deportista de alto nivel, y participar en una olimpiada, aunque no en cualquier disciplina. Otra día, quizás, me referiré al atletismo, y a sus diversas modalidades, porque no causa la misma envidia, efectivamente, ganar el oro tras una galopada de cien metros que tras un trote de cuarenta kilómetros, ni provoca igual deseo de emulación ver a un tipo tirándose de cabeza a una montaña de arena o a una colchoneta así de gorda, lo cual, se batan récords o no, tiene en último caso que ser bastante divertido, que verle semiquebrado el cuello por una bola de sesenta kilos que ha de arrojar lo más lejos que pueda. Hay, en resumen, disciplinas y disciplinas.
Así, es costumbre decir, cuando uno tiene un hijo o una hija, que “ojala te salga tenista”, y se aconseja a los padres, muy encarecidamente y en atención a su pronto retiro, que apenas el retoño o la retoña levante un palmo del suelo, le pongan, como hizo el padre de las hermanas Williams, una raqueta en la mano; luego sólo queda esperar a que vaya ganando torneos y acumulando pasta. La cosa parece cómoda y sencilla, pero, ah, lector, lo que nadie dice nunca es cuántos torneos se juegan al año. Yo me he fijado en ello y te puedo decir que son innúmeros, infinitos, inconmensurables. Me siento a ver el telediario mientras ceno e, invariablemente, las noticias concluyen con el bloque deportivo y este a su vez finaliza así: “…y para terminar ¡tenis! Torneo de Indian Wells. Han caído Moya y Verdasco, y siguen Ferrero y Nadal”. La cosa no tendría mayor importancia sino fuera porque, al día siguiente, de nuevo a la hora de cenar, el telediario vuelve a cerrarse con noticias sobre “¡tenis! Torneo de Sanghai. Han caído Ferrero y Verdasco y siguen Moya y Nadal”.
La cuestión suele pasar desapercibida porque, a esas horas, y más después de una larga sucesión de noticias, la gente acostumbra a estar abotargada y como semi-inconsciente, pero desde aquí te conmino, lector, a que no te dejes vencer por la pereza y permanezcas atento. Entre la modorra, verás a unos tipos, en pequeñito, emplearse con furiosos raquetazos día tras día, los 365 del año, sin interrupciones, en una actividad frenética, psicótica, agobiante. De vez en cuando alguno de ellos, sea Verdasco, Nadal, Moya o Ferrero, suelta de pronto un grito agudo, lanza la raqueta al aire, se tira al suelo y se reboza por la tierra oscura hasta acabar con la camiseta sucia; eso parece ser señal de que ha triunfado por fin, de que ha llegado hasta lo último y ha obtenido la victoria… Sin embargo, y como ocurre en el mito de Sísifo, todo al fin es inútil: al día siguiente ya tendremos a ese mismo tenista soltando feroces mandobles en Cayo Vizcaíno, en Roma, en el Abierto de Stuttgart…
No envidio, no, a esos hombres que, aun en sueños, se me figuran constantemente con las mandíbulas apretadas y los músculos en tensión, empeñados en mandar la pelota de un lado al otro de la red, infatigablemente, inquebrantablemente, inexorablemente… Mientras en este lado del mundo dormimos, ellos siguen dando raquetazos.
Algo parecido ocurre con el baloncesto. Poco antes de que el gemido sordo de los tenistas ponga fin a la actividad diaria, es norma también que el locutor del telediario mire fijamente a la pantalla y diga, de súbito: “¡Baloncesto!, ¡NBA!”. La cosa, de nuevo, sobresalto aparte, no causaría preocupación; pero después de treinta, sesenta, noventa días en los que Gasol no paraba de completar buenas actuaciones y Calderón no remitía en su empeño de anotar ora quince, ora dieciocho, ora trece puntos, al cabo, digo, de más de tres meses de rebotes, triples y asistencias, que si los Toronto Raptors, que si los Dallas Mavericks, que si los Philadelphia Seventy Sixers, cierta noche me volví hacia mi mujer, que contemplaba las noticias estupefacto cual yo, y le pregunté: “pero bueno, ¿cuántos partidos juega esta gente al año?, ¿tan grandes son los Estados Unidos?”
Tampoco envidio a los practicantes de otros deportes, como el balonmano. Estos no juegan tanto, en verdad, pero yo ciertamente no acabo de entender los fundamentos de su juego. Por un lado, se forma una tupida barrera de siete, ocho o diez defensores, nunca he llegado a contarlos, y entonces recibe la pelota un jugador del equipo contrario. Este jugador, armado, nadie lo duda, de convicción, y con las mayores ganas de agradar, se lanza de pronto hacia la citada barrera (unos segundos antes de impactar contra ella, sin duda para infudirse valor, bota con fuerza la pelota) y he aquí que impacta, y la barrera se cierra sobre él, y comienzan a lloverle golpes, collejas, patadas y hasta puñetazos, a lo cual no tiene más remedio que retroceder. Le pasa entonces la pelota a otro compañero, quien, en igual movimiento, bota la pelota y arremete contra la barrera. De nuevo, ración de hostias, en todas sus modalidades. Retrocede, con las orejas rojas, este segundo atacante; lo intenta un tercero… El juego, llegados a este punto, comienza a resultarme algo monótono, pero lo peor llega cuando, caneados ya todos los del equipo, el balón vuelve al primero que lo intentó. Este duda, muy lógicamente, si volverse a meter en el fregado, si embestir de nuevo contra la barrera que, a todo esto, se mueve de un lado a otro, en conjunto, prietas las filas, como un protozoo en ebullición. Duda, vacila, se lo piensa, muy comprensiblemente, ya digo, ¿meterme en líos o no?, ¿seguir o retirarme?, y hete aquí que el árbitro, de pronto, le pita pasividad. ¡Por no lanzarse de forma suicida a que le espachurren! Qué injusto deporte, en verdad. No, no envidio a los balonmanistas.
Otras muchas modalidades deportivas hay que ciertamente no despiertan mi apetito, y dejan indiferente mi ánimo celoso. Como esa otra de invierno en que, después de un buen rato esquiando cuesta arriba con una escopeta a cuestas (que ya son ganas de complicar las cosas), los participantes llegan a una explanada y tienen acto seguido que tirarse al suelo, con lo frío que estará, y disparar contra unas dianas (y no contra los organizadores de la prueba; eso está terminantemente prohibido). Tampoco me gusta mucho la vela, sobre todo si he de ser el tripulante que siempre sale en las fotos sentado en la borda, agarrado a una cuerda y con el culo a ras de las olas, cuando no sumergido en el océano, de lo que muchos antiguos regatistas vienen en su vejez a sufrir de graves problemas de reuma. ¿Pues qué de los saltos hípicos, en que uno (con su caballo, entiéndase) ha de saltar una ría y luego volver hacia atrás para superar unas vallas, y luego irse a la otra punta del campo a enfrentarse a un muro…? Pues ¿qué trabajo les costará, me pregunto, a los organizadores colocar los obstáculos seguidos y no someter a caballo y jinete a este ir y venir y a este desasosiego y a este como caos?
Algún otro deporte habrá, estoy seguro, que me desagrade, pero me falta espacio, me falla la memoria y, en último caso, lo que venía yo a declarar es cómo, pese a todo, envidio a aquellos pocos que alguna vez han logrado subir los escalones del podio y agitar desde allí los brazos en todas direcciones, saludando a la posteridad.
Etiquetas: Licencia 1, Memorial de envidias, Miguel Baquero, Opinión, Sociedad
02-08-03-01: Vida y destino, de Vasili Grossman
Autor: MIGUEL BAQUERO
Serie: APUNTES LITERARIOS
Título: VIDA Y DESTINO, DE VASILI GROSSMAN
Categoría: OPINIÓN
Género: LITERATURA
Tipo de licencia: 1
Fuente: © Miguel Baquero y La Vieja Factoría
Observaciones: 18.270 caracteres
Vida y destino, de Vasili Grossman
Abarchuk es un viejo militante comunista recluido por el Régimen en un campo de trabajo de Siberia. Miembro del Partido casi desde su fundación, hombre de fidelidad inquebrantable al bolchevismo, proletario de pura cepa, Abarchuk no alcanza a comprender por qué motivo ha sido rebajado de “camarada” a “ciudadano”, por qué causa, qué pensamiento errado, qué acto inconsciente de falta de afecto, qué delación, quizás, de un enemigo, se encuentra en aquel terrible gulag, acompañado de la hez del mundo: mencheviques, rusos blancos, pero también delincuentes comunes, asesinos, violadores e incluso judíos. Abarchuk se preocupa por que los comunistas del campo, presos sin duda por algún error que pronto se resolverá, funden una organización y, del modo que sea, sigan siendo útiles al Partido. A veces, duda; le gustaría estar prisionero en un campo de concentración alemán: “¡Ser prisionero y saber que los que te pegan son fascistas! Entre nosotros es lo más espantoso, lo más duro: son los nuestros, los nuestros, los nuestros, ¡estamos entre los nuestros!”
Es el otoño de 1942. Las tropas nazis, en una arrolladora ofensiva, han llegado hasta las puertas de la ciudad de Stalingrado. Allí encuentran una fuerte, desesperada resistencia. Se avanza y retrocede casa a casa, habitación a habitación, metro a metro. Pronto se advierte que de esa enconada batalla depende el destino del mundo, y no tanto por el componente militar, como por el componente simbólico. Para Hitler, vencer en Stalingrado supone rendir y aplastar la ciudad que lleva el nombre de su rival; para Stalin, la ciudad junto al Volga puede ser el punto donde por primera vez se frene la carrera imparable de los alemanes y comience a devolvérseles a su territorio. En aquellas lejanas regiones, en los confines del mundo occidental, se dirime el signo de la guerra.
No muy lejos de allí, en la región de Kolymá, en Siberia, en la hedionda oscuridad del barracón de un gulag, también se juegan otros destinos. Abraham Rubin, prisionero del campo, “carroña judía”, es asesinado en medio de la noche. El asesino, un delincuente común, preso por haber degollado a una familia de seis miembros para robarles, amenaza a todos los vecinos de catre, entre ellos Abarchuk, con matarles si declaran lo que hayan podido ver u oír. Poco después, Abarchuk es llamado a declarar por el jefe del campo. Cuando ya está a punto de terminarse el rutinario y, por otra parte, desganado interrogatorio, Abarchuk de pronto, sin que exista mayor presión, declara el nombre del asesino.
“Considero mi deber como miembro del Partido darle esa información, camarada delegado operativo”, concluye con tono sereno, aunque tanto Abarchuk como el óper del campo entienden que aquello equivale a una sentencia de muerte para el delator.
El óper toma nota de la declaración y luego responde:
“Debe saber, prisionero, que no tiene derecho a hablar de pertenencia al Partido. Tampoco tiene derecho a llamarme camarada. Yo, para usted, soy ciudadano comandante”.
Me topé con la novela de Vasili Grossman, Vida y destino, por azar, mientras curioseaba por una de esas grandes superficies de libro. Me atrajo, si soy sincero, la franja publicitaria que atravesaba la cubierta y donde se decía, con llamativas letras, que era la Guerra y paz del siglo XX. Y enseguida se echa de ver que la obra de Grossman tiene, efectivamente, muchos puntos en común con la gran novela de Tolstoi, en especial su aliento épico y su carácter de crónica de unos tiempos decisivos para la historia de Rusia y, por ende, del mundo occidental, como fueron la resistencia contra las tropas napoleónicas, en el caso de Tolstoi, y la lucha contra la invasión nazi, en el caso de Grossman. El mismo Grossman no rehúye el posible parecido con Guerra y paz y, en algunos puntos de su novela, se refiere con ilusión a esta posibilidad. Elementos, también se advierte pronto, no faltan para ello, pues Grossman estuvo destacado, como periodista, en la primera línea del frente, donde cubría la información para el periódico “La Estrella Roja”. Son, pues, de primerísima mano las descripciones, comentarios y noticias sobre el combate en torno a los depósitos de combustible, los amarraderos sobre el río, la fábrica de tractores o la casa 6/1.
Pero Vida y destino es más, mucho más, que una simple y absorbente novela bélica.
Vida y destino gira en torno a la familia Shaposhnikov, uno de cuyos antepasados fue pionero del movimiento revolucionario en una alejada provincia, y su nombre figura en varios callejeros. En el otoño de 1942, sin embargo, las cosas han cambiado bastante; ser descendiente de un viejo héroe revolucionario no asegura siquiera el derecho a una cartilla de racionamiento. Sobre las conversaciones, aun de los más afectos, planea en voz baja el fantasma de 1937, año de la colectivización total, que abocó al hambre y a la desesperación a millones de campesinos, año de las grandes purgas estalinistas, año en que los métodos burocráticos, ciegos e inclementes, convirtieron el Sistema en un enorme monstruo que no atendía sino a las cuotas de productividad. El ambiente, a lo largo de todas las páginas, es de silencios temerosos, de conversaciones que se interrumpen abruptamente cuando se pisan temas prohibidos, cuando las alusiones a Stalin se apartan, aunque sólo sea un ápice, de las opiniones regladas.
“El vacío en torno a él se volvió todavía más inquietante. Había sacado a colación un tema que no había que mencionar ni en broma ni en serio, algo sobre lo que convenía guardar silencio. Expresar indignación ante rumores sobre las relaciones de Iósif Vissariónovich [Stalin] con su mujer sería una equivocación no menor que propagar dichos rumores. La conversación ya de por sí era inadmisible”.
Krimov, uno de los protagonistas de la novela, comisario político en el frente y bolchevique convencido, siente sobre sí el peso asfixiante de aquella ocasión en que Leon Trotsky, el principal represaliado por Stalin, alabó uno de sus artículos periodísticos, cuando todavía Trotsky era un dirigente ortodoxo y destacado. Pero eso no importa; en el momento en que, como Abarchuk, Krimov acabe siendo detenido y mandado a la famosa cárcel de la Lubianka, paso previo a su deportación a Siberia, el viejo comisario se encontrará frente a frente con el horror: los dirigentes de la Cheká no sólo cuentan para acusarle con aquel elogio de Trotsky: en su expediente se encuentran detallados todos los pasos que ha seguido en los últimos veinte años, sus amistades, sus amores, hasta los más fugaces, las palabras que dijo en conversaciones privadas, incluso han quedado registrados en su pliego de culpas aquellos pensamientos, aquellas dudas que Krimov creía no haber expresado nunca en voz alta. Pero la Máquina, inclemente, anota, registra, acumula cargos, prepara el golpe para el momento más inesperado. Incluso de aquel general que llevó a sus tropas a la victoria en Stalingrado, los funcionarios más próximos no olvidan transmitir a la dirección que, por mor de algo tan “individualista” como limpiar de artillería enemiga el camino de sus tropas, y librar así a cientos, miles de hombres de una muerte cierta, se había retrasado ocho minutos en cumplir la orden de ataque dada personalmente por Stalin.
Pero el Sistema no entiende de iniciativas privadas, de desobediencias aunque se hallen motivadas por la mejor causa. Hay que seguir las directrices sin discusión alguna, siquiera a media voz, siquiera con dudas interiores. Es el tiempo de la sumisión total, o como expresa alguno de los personajes, es el tiempo en que la mediocridad se impone. Una mediocridad tan cómoda como apuntarse a las opiniones “autorizadas”, no disentir “de los que saben”, no protestar, no actuar, no decir. Callar siempre. Es una mediocridad que, curiosamente, se apoya en los más grandes conceptos, en las más benefactoras ideas. Una mediocridad de apariencia sana y bienintencionada, pero de consecuencias terribles.
“Yo vi la fuerza inquebrantable de la idea del bien social que nació en mi país. Vi esa fuerza en el periodo de la colectivización total, en 1937. Vi como se aniquilaba a las personas en nombre de un ideal tan hermoso y humano como el ideal del cristianismo. Vi pueblos enteros muriéndose de hambre, vi niños campesinos pereciendo en la nieve siberiana. Vi trenes con destino a Siberia que transportaban a cientos y miles de hombres y mujeres de Moscú, Leningrado, de todas las ciudades de Rusia, acusados de ser enemigos de la grande y luminosa idea del bien social”.
Fue esta mediocridad, revestida de las más prosopopéyicas palabras, la que subió al poder en Rusia y también en Alemania, la que se enseñoreó de la vida en la primera mitad del siglo XX y la que al fin provocó uno de los mayores desastres de la historia de la Humanidad. Mediocridad que llevaba siglos encarnándose en el antisemitismo (“el antisemitismo es la expresión de la falta de talento, de la incapacidad de vencer en una contienda disputada con las mismas armas; y eso es aplicable a todos los campos, tanto la ciencia como el comercio, la artesanía, la pintura. El antisemitismo es la medida de la mediocridad humana”. Y más adelante: “[En los países totalitarios] el Estado intenta sacar [por medio del odio a los judíos, en general del odio hacia los otros] provecho de los idiotas, los reaccionarios, los fracasados, de la ignorancia de los supersticiosos y la rabia de los hambrientos”).
Y el antisemitismo, que estaba vivo en todas las sociedades (no sólo la alemana, también la inglesa, la francesa, la rusa) reventó, como una costra supurante, con la llegada a la cima del mundo de los nazis, los mediocres más ampulosos. Vasili Grossman fue, no en vano, uno de los primeros autores en dar noticia de la “solución final” de los nazis, de los campos de exterminio donde, en aras del Bien de la Humanidad, habían sido asesinadas millones de personas. Uno de los capítulos más emotivos del libro es aquel en el que narra el trayecto hacia la cámara de gas de un tren entero de judíos, uno de tantos. Se trata de una tragedia que, acabada la guerra, resulta molesta para los vencidos, pero también para los vencedores, e incluso para las víctimas. Una Verdad que, en un primer momento, apenas concluida la guerra, sólo unos pocos como Grossman están dispuestos a desvelar.
“La primera mitad del siglo XX entrará en la historia de la humanidad como la época del exterminio total de enormes extractos de población judía, un exterminio basado en teorías raciales o sociales. Hoy en día se guarda silencio sobre ello con una discreción comprensible (…) No ya decenas de miles, ni siquiera decenas de millones, sino masas ingentes de hombres fueron testigos sumisos de la masacre de inocentes. Pero no sólo fueron testigos sumisos: cuando era preciso votaban a favor de la aniquilación en medio de un barullo de voces aprobador. Había algo insólito en aquella extraña sumisión”.
“¿Qué hemos aprendido? –prosigue Grossman-. ¿Se trata de un nuevo rasgo que brotó de repente en la naturaleza humana? No, esta sumisión nos habla de una fuerza terrible que triunfó sobre los hombres. La extrema violencia de los sistemas totalitarios demostró ser capaz de paralizar el espíritu humano en continentes enteros”.
Pero, pese a todo, pese a que el hombre cayera víctima de la mediocridad y, resultado de ello, se hundiera en la sumisión, Grossman aún tiene confianza en el ser humano. Para Grossman el instinto de libertad humano es invencible, y el hombre, quizás, en un determinado momento, puede ser convertido en esclavo por necesidad, pero nunca será esclavo por naturaleza.
Ahora bien ¿dónde radica esa suprema libertad humana?
Mostovskoi es un viejo bolchevique, uno de los fundadores del Partido; se encuentra preso en un campo de concentración alemán. Liss, el jefe alemán del campo, le llama a su presencia. Mostovskoi se halla preparado para la tortura, para la denigración, para la iniquidad, pero cuando se halla en presencia del Obersturmbannführer, éste, en lugar de la violencia, le habla de la admiración que siente hacia la ideología bolchevique y de cómo, en su opinión, nazis y soviéticos comparten una misma visión de la vida, son más los elementos que les hermanan que los que les enfrentan. El enemigo, para los nazis, no son tanto los soviéticos, ni para los soviéticos han de ser los nazis, como el prisionero del que ambos hacen burla (“un espíritu débil”) y que poco antes de ser ejecutado ha escrito sobre unas cuartillas (que Liss le da a leer a Mostovskoi, y que ambos arrojan a un lado con gesto despreciativo) lo siguiente:
“En esta época de horror y demencia, la bondad sin sentido, compasiva, esparcida en la vida como una partícula de radio, no ha desaparecido (…) Esa especie de bondad es condenada por su sinsentido en la fábula del ermitaño que calentó a una serpiente en su pecho. Es la bondad que tiene piedad de una tarántula que ha mordido a un niño. ¡Bondad ciega, insensata, perjudicial! (…) Esa bondad, esa absurda bondad, es lo más humano que hay en el hombre, lo que le define, el logro más alto que puede alcanzar su alma”.
Es una bondad que, siguiendo a Grossman, se diluye, se deforma y se pervierte cuando el hombre renuncia a ella y deja que sea la Iglesia, o el Estado, los que la ejerzan en su nombre. El ser humano, en su individualidad, en su indefensa pero suprema libertad, es la medida de la grandeza humana:
“Para conquistar ese derecho [a la bondad y a la justicia], defenderlo o ampliarlo, la gente se une. Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso: en aquella unión en nombre de la raza, de Dios, del Partido, del Estado se ve el sentido de la vida y no un medio. ¡No, no y no! Es en el hombre, en su modesta singularidad, en su derecho a la particularidad donde reside el único, verdadero y eterno significado de la lucha por la vida”.
Es ese sentido “imbécil” de la justicia el que lleva, por ejemplo, a Abarchuk a denunciar a aquél que ha asesinado impunemente a una “carroña judía”, pese a que no sea apropiado, conveniente, lógico, ni siquiera solidario hacerlo. Pero es humano.
El 19 de noviembre de 1942, las tropas soviéticas lanzan una contraofensiva y consiguen rodear, en cuatro días, al VI Ejército alemán. Aislados en la bolsa de Stalingrado, y con el duro invierno en ciernes, la única salvación para los hombres de Paulus es intentar romper el cerco y unirse a las tropas de Manstein, que se encuentran a apenas 50 kilómetros de la bolsa. Pero eso significaría batirse en retirada, y Hitler se opone rotundamente a retroceder un solo metro y a abandonar el Volga: el VI Ejército debe permanecer, cueste lo que cueste, en Stalingrado. Ni siquiera se le permite a Paulus aceptar una rendición honrosa, que hubiera salvado la vida de sus hombres. El cerco se va estrechando. El 2 de febrero de 1943, y bajo una temperatura de 37 grados bajo cero, 91.000 soldados alemanes son tomados prisioneros por el Ejército Rojo. De ellos, sólo 5.000 volverían finalmente con vida a su país.
Stalingrado supuso, sin duda, el punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial, el comienzo del fin del nazismo. También el punto donde los totalitarismos nazi y soviético alcanzaron su máximo auge. La guerra, en un caso, y el tiempo, en otro, llevaron a ambos Sistemas a caer, pero aquella Mediocridad de la que hablaba Grossman, y que generó ambos Monstruos, aún sigue ululando a nuestro alrededor. La larga batalla de Stalingrado supuso también un hecho crucial en la historia del pensamiento: el viejo sueño universalista que había informado el comunismo en sus principios se vio sustituido, al ritmo del movimiento de las tropas, por un sentimiento nacionalista. A lo largo de la novela de Grossman, en las conversaciones de sus protagonistas, asistimos a cómo aquel primigenio sentimiento de hermandad hacia los camaradas proletarios, con independencia de su nacionalidad, es sustituido por una exaltación del espíritu ruso, que ha conseguido derrotar a la bestia alemana. En las ruinas de la ciudad junto al Volga, los vencedores empuñan sus fusiles y se felicitan por la victoria rusa, al tiempo que desconfían de la ayuda que les hayan podido prestar calmucos, ucranianos u otras tropas auxiliares. En los interrogatorios de las checas se comienza a preguntar no sólo por la ideología, sino también por la nacionalidad.
“La guerra aceleraba el proceso de reinterpretación de la realidad (…) y apresuró la manifestación de la conciencia nacional; la palabra “ruso” recuperó su sentido”. El lector actual puede pensar que Grossman, aún recientes los hechos, y pese a su lucidez intelectual, no alcanzó a ver que, quizás, tal vez, la eterna Mediocridad que había hecho estallar el mundo se reencarnaba en unos nuevos valores supremos, con lo que la expresión “valores supremos” tiene siempre de terrible.
Vida y destino concluye con la victoria de Stalingrado, aunque al libro, como tal, aún le quedaría una larga aventura por cumplir. Su publicación sería prohibida por el régimen de Jrushov, sucesor de Stalin, por su evidente contenido antisoviético, y el original hubo de salir del país mediante una microfilmación clandestina, para ser editado fuera de las fronteras de la URSS en los años 80. En España hemos tenido que esperar hasta el año 2007 para verlo publicado. Su repercusión en nuestro país ha sido limitada: no es un libro, como hoy suele ponderarse, “que se lea de un tirón”; antes al contrario, su lectura obliga a continuas reflexiones, remueve las conciencias y nos lleva a recapacitar en no pocas ocasiones sobre nuestro valor como personas. La última vez que pasé por la librería, Vida y destino, cumplido ya seguramente su ciclo comercial, había sido retirado de la mesa de novedades y pronto se conservarán en las estanterías unos pocos ejemplares de éste que, seguramente, puede ser considerado como uno de los libros capitales del siglo XX y como una de las reflexiones más lúcidas, emocionadas y comprometidos sobre la naturaleza humana y el sentido de la existencia. En todo caso, ¿cómo no adherirse a las palabras de George Steiner que también figuran en la faja como elemento publicitario, y según las cuales, sobre poco más o menos, todo cuanto uno pueda escribir después de esta epopeya ha de ser por fuerza trivial e insignificante?
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06-08-03-02: Señales de humo (1)
Autor: José Marzo
Serie: Señales de humo
Título: ---
Categoría: aforismos
Género: literatura
Tipo de licencia: licencia 5
Fuente: © José Marzo y La Vieja Factoría.
Observaciones: 2.050 caracteres
Mi opción
Un escritor, cuando es verdadero artista e intelectual, debe optar por la calidad y la libertad del arte y el pensamiento.
Que eso conlleve la marginalidad o el éxito no depende de él, sino del respeto que los agentes culturales sientan por el lector, de la calidad misma de la cultura en cuyo seno intenta dialogar.
* * *
Democracia, socialismo, librepensamiento
Algunas personas sostienen que el socialismo no es compatible ni con la democracia ni con el librepensamiento. Yo siento que podrían convivir y alimentarse mutuamente. ¿Estaré equivocado? Tengo esqueleto demócrata, sangre socialista y un nervio de librepensador que no puedo domar y me lleva por caminos imprevistos.
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Quien da consejos lo hace sobre la base de su experiencia. Como el conocimiento de las rutas normales es compartido, estos consejos suelen ser la expresión de los lugares comunes, de sus rutinas, también de sus prejuicios. Quien abre una senda nueva debe aceptar equivocarse por sí mismo.
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Registrar hoy las injusticias del pasado es un aviso para el presente y una advertencia lanzada desde el futuro.
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El prejuicio dicta modos de pensar que se convierten en modos de proceder.
Los modos de proceder acaban por establecer prejuicios que parecen pensamientos.
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La estabilidad no puede ser la prioridad, ni en la política ni en todas las demás artes humanas. Si fuera así, en lugar de levantar un edificio para habitarlo, colocaríamos una piedra plana para sentarnos en ella.
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Al contrario que en la guerra, en la cultura la unión no hace la fuerza. La fuerza cultural y su vitalidad dependen del debate, de la polémica, de la contestación, de esa diversidad que infla las velas de la controversia y suelta las amarras del aprendizaje.
* * *
El aprendizaje del pluralismo conlleva asimilar como posibilidades del uno las opciones efectivas del otro. Pero las opciones efectivas del otro sólo tienen legitimidad si son posibilidades reales del uno.
* * *
Seguimos creyendo que somos en lugar de sentir lo que hacemos.
¿Me preguntas qué soy? ¿Qué crees tú que eres?
* * *
En lugar de palabras para diseccionar la realidad y abonar el futuro, las utilizan para emmarañar los caminos y sembrar de sal los campos.
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06-08-03-01: La sonrisa del mimo
Autor: José Marzo
Serie: Aurora
Título: La sonrisa del mimo
Categoría: cuento
Género: literatura
Tipo de licencia: licencia 1
Fuente: © José Marzo y La Vieja Factoría. Del volumen Aurora.
Observaciones: 2.460 caracteres
“La sonrisa del mimo”
Víctor, el mimo del periódico en la mano, permanece de pie en su cajón como una estatua en su pedestal. En el suelo, un maletín abierto donde se van depositando las monedas. Clin, clan. Viste frac negro y porta un sombrero de copa también negro, y el maquillaje de su cara forma una máscara blanca y espesa. Sobre los párpados, una estrella azul; y sobre su boca, unos enormes labios rojos y sonrientes, cuyas comisuras se prolongan hasta las orejas.
Cada varios minutos, Víctor cambia de posición. Y de vez en cuando, si alguna persona se le pone a mano, la golpea con el periódico en la cabeza. Ploc. Luego, según la reacción del afectado, el mimo disimula y frunce los labios como si silbara, las manos cogidas a la espalda. O finge arrepentimiento, con los brazos en cruz como un cristo y la cabeza inclinada sobre el pecho. O se parte literalmente de risa, llevándose las manos al vientre y flexionando el tronco adelante y atrás, mientras emite un sonido hueco y abdominal que parece una sonora carcajada.
Hace tres años que Víctor ejerce de mimo callejero. Al principio el negocio le iba mal. Le desesperaba pasar cuatro, seis, a veces hasta ocho horas de pie y recaudar a cambio el dinero justo para comer. Comenzó a sentir rabia contra las personas que acababan de gastar demasiado dinero en los grandes almacenes y no tenían un solo gesto amable, ni un solo rasgo de generosidad con un mimo que intentaba poner una nota de color en sus vidas. Algunos ni siquiera le miraban. O le miraban por encima del hombro. Rabia. Rabia y desprecio. Hasta que un día siguió su instinto de dar un golpecito en la cabeza con un periódico a uno de aquellos egoístas mezquinos. La mujer se volvió consternada, la gente detuvo el paso y se congregó alrededor, hubo risas... las monedas comenzaron a caer. Clin, clan.
Cuando el público se amontona en exceso, Víctor se inmoviliza y espera a que se disuelva. Cuando decrece, golpea a algún despistado en la cabeza. Qué paradoja: cuanto más desprecio siente, más dinero gana.
Cada noche a eso de las nueve, cuando los comercios van echando el cierre y apagan las luces, Víctor baja del cajón, recoge los bártulos y entra en el bar. En el servicio, al limpiarse la máscara de maquillaje ante el espejo, descubre un rostro sudoroso y fatigado y una mirada de piedra. Clin, clan. Cada vez es mayor la distancia que separa la dureza de sus ojos y de su boca seca, de la alegría festiva de las estrellas azules y la gran sonrisa roja.
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01-08-02-02: Por una nueva crítica literaria II
Autor: Emiliano Molina
Serie: De crítica
Título: Por una nueva crítica literaria II
Categoría: Opinión
Género: Literatura
Tipo de licencia: 5
Fuente: © Emiliano Molina y La Vieja Factoría
Observaciones: 2.674 caracteres
El no apoyarse en ilustres figuras parece ser muestra de ignorancia o desdén, de total menosprecio por el sistema referencial (muchas veces autorreferencial) que rige la escritura y publicación de ensayos, críticas o comentarios.
La crítica literaria, en concreto, se aborda desde ópticas diferentes según el medio desde el que se realice, pero sus metodologías son muy similares en el fondo; todos los nuevos críticos (término que definiré más adelante), utilicen el medio que utilicen, se plantean un abordaje académico y clasista, alejado del público objetivo (es decir, los lectores) y que se regodea en ese alejamiento. Parece necesario marcar una distancia, a ser posible insalvable, entre el objeto criticado —el libro— y el receptor/consumidor del mismo —el lector—; esa distancia, creada gracias a una prosa oscura y, sobre todo, a la multitud de referencias extratextuales, provoca una sensación de incomprensión al receptor; y quizá, lo que es peor, un desinterés crónico por el contenido del objeto —libro— criticado y por ulteriores críticas (y, por extensión, por los libros criticados). El resultado es que se alienta una forma de crítica que, por curioso que parezca, casi parece que se esfuerza por desalentar al posible lector, ahogándole con hechos, referencias y citas que no hacen más que ocultar el verdadero contenido del libro; al menos, lo que el crítico (responsable de su opinión) entiende como verdadero contenido. La transmisión de opinión se pierde en una acumulación de datos que no iluminan ningún punto de la reseña, sino que despistan a todo aquel que no esté versado en las tesis de las personas mencionadas; el fondo —la opinión sobre el libro— se desdibuja frente a la forma —el contenido de la crítica misma; esto es, la opinión del crítico sobre sí mismo, no sobre el libro—.
Los nuevos críticos pretenden derribar de su pedestal a la crítica ya establecida (que se agrupa, fundamentalmente, en los medios de comunicación escritos) usando las mismas herramientas que sus “enemigos”: teoría, teoría y más teoría. La intuición y el sentimiento han desaparecido de la nueva crítica, ahogados por las referencias (indispensables) a ilustres y la sustentación de las tesis propias con las ideas ajenas.
Estos nuevos críticos se dan cita en Internet y en publicaciones menores, o con afán independiente. Parece presumible que su intención fuera la de ofertar un tipo de crítica alternativa, distinta de la realizada en los grandes medios y que pudiera llegar a un público mayoritario, o al menos diferente (hastiado de la forma tradicional de la crítica). Sin embargo, y dado que los métodos de unos y de otros tienen las mismas características, se puede intuir que el objetivo de gran parte de estos nuevos críticos es menos desinteresado de lo que parece. Apartar a los que no comparten puntos de vista y menospreciar a aquellos que “no dan la talla” intelectual que se arrogan es un comportamiento habitual en blogs y páginas web; el tono pontificador y dogmático está generalizado. Es difícil no leer una de estas críticas sin tener la sensación de que uno es tonto, o ignorante, y de que el firmante es el Exégeta Oficial del Reino Celestial de la Literatura.
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02-08-02-02: Wenceslao F. Flórez, o los libros que tenía que haber leído
Autor: MIGUEL BAQUERO
Serie: APUNTES LITERARIOS
Título: WENCESLAO F. FLÓREZ, O LOS LIBROS QUE TENÍA QUE HABER LEÍDO
Categoría: OPINIÓN
Género: LITERATURA
Tipo de licencia: 1
Fuente: © Miguel Baquero y La Vieja Factoría
Observaciones: 14.168 caracteres
En un programa de televisión, una escritora contaba cómo había sido el comenzar a leer a Wenceslao Fernández Flórez. Narraba esta escritora que, siendo ella niña, en la casa de sus padres había una biblioteca enorme, una biblioteca, por lo que creí entender, rebosante de volúmenes lujosamente encuadernados, primeras ediciones, colecciones de bibliófilo, etcétera. Entre aquella suntuosa literatura, llamó su atención una pequeña colección de libros rojos de pequeño tamaño, en cuyo lomo rezaba W. FERNÁNDEZ FLOREZ, más abajo OBRAS COMPLETAS, y más abajo todavía V. En su inocencia, la escritora creyó que aquella V final se había caído, por alguna extraña razón, de la W primera; comoquiera que fuese, el caso es que, movida por la curiosidad infantil, tomó en sus manos aquel pequeño volumen, de apenas un cuarto de folio, vio que tenía los cantos decorados y, al abrirlo, el papel biblia revoloteó –contaba la escritora– como una bandada de pájaros que levantase el vuelo. Todo ello junto fue más que suficiente para cautivar su imaginación infantil.
Pasadas las páginas preliminares de créditos y cortesía, vino a dar directamente con la primera obra que componía el tomo y que se titulaba: El bosque animado.
Hablaba la escritora, con especial placer, sobre el tiempo que había pasado sumergida en aquella maravillosa novela –según la calificaba sin ninguna reserva-, sobre los días, no recordaba si muchos o pocos, pero intensos gracias a la lectura, que había pasado perdida por aquel espacio mágico del bosque de Cecebre. Un bosque donde animales y árboles conversan entre sí, donde fantasmas y leyendas cobran sentido y realidad, donde los hombres adquieren asimismo una dimensión distinta, sensible y grande, y donde la luz que se filtra a través de la “fraga”, el murmullo de los arroyos escondidos, el ruido de los pasos sobre una capa de hojas caídas, todo el prodigio de la naturaleza conforma un lugar maravilloso e inagotable. Contaba la escritora que, después de esa primera lectura, había vuelto sobre la novela otras muchas veces, y en cada relectura, sí, encontraba matices y valores antes inadvertidos referentes al uso del lenguaje, a la creación de los personajes, a los detalles técnicos… pero nunca más volvió a sentir esa absoluta fascinación de los días infantiles, cuando el mundo estaba por construir, la emoción no sabía de trampas y la magia de los bosques animados conseguía infiltrarse con facilidad en un corazón y tocar la fibra más sensible. Definía, en fin, la escritora aquel descubrimiento de El bosque animado y de Fernández Flórez como una de las experiencias más hermosas de su vida.
A mí también estuvo a punto de sucederme algo parecido. Quiero decir: yo también, de crío, me encontré en mi casa con un volumen de las obras completas de Wenceslao Fernández Flórez, en la misma edición de tapas rojas y cantos decorados, el mismo papel biblia, el mismo dibujo de motivos vegetales decorando las guardas. Mis padres no tenían biblioteca, ni siquiera eran aficionados a la lectura, y mi casa no era grande, antes bien andábamos tan escasos de sitio que cuando mi padre me veía con un libro no dejaba de mirarme con desconfianza. “Éste es capaz de traerlo a casa”, y se imaginaba, con cierta alarma, cómo poco a poco los libros iban conquistando terreno al salón, y a la exigua cocina, y a los breves dormitorios, y acabábamos por irnos a vivir debajo de un puente ante el incontenible avance del papel impreso. No, mis padres no eran aficionados a los libros y, tal vez por ello, uno de los pocos que se conservaban en la casa era precisamente aquel tomo de las obras de Fernández Flórez, por ser pequeño, estar en papel fino y, en resumidas cuentas, ser discreto y nada ampuloso.
Teníamos sólo el volumen I y no pude experimentar la gozosa casualidad de toparme de pronto con el autor, como fue el caso de la escritora; más bien, dado lo estrecho de mi casa y mi afición por leer, don Wenceslao y yo estábamos condenados a encontrarnos. Un día, a falta de lectura mejor, tomé aquel pequeño libro y me senté a leerlo con una cierta desconfianza, porque yo también, por aquel entonces, y movido por parecidos prejuicios a los de mis padres, opinaba que un libro pequeño no podía ser importante. Andaría yo por los catorce o quince años y habla Freud de que, a una cierta edad, los jóvenes sienten la necesidad de rebelarse contra las reglas impuestas por sus padres; así me ocurría a mí y, en efecto, no encontraba entonces mejor forma de rebelarme contra mis progenitores que enarbolar el tocho y abrazarme al mamotreto.
Aquel pobre volumen I se abría con una novela sentimental: La procesión de los días, y seguían otras de parecido corte: Volvoreta y Ha entrado un ladrón, donde, pese a la intensidad del drama, conseguían encontrarse algunas gotas de humor y, poco antes de que estallara la tragedia, el lector podía, pese a todo, esbozar, a veces expandir, una bienhumorada sonrisa. Transcurridas ya cerca de las seiscientas páginas, se iniciaba un nuevo título: Las gafas del diablo (El espejo irónico). Enseguida eché de ver que había entrado en un tono distinto. Decía el autor en el prólogo que para aquel libro, escrito cuando era poco más que un adolescente y acababa de instalarse en Madrid desde su Galicia natal, el diablo le había prestado unas gafas “para que a través de ellas miremos unas cuantas cosas habituales y menudas”. Un diablo que “no ha de ser el diablo horrendo de las tradiciones de Castilla, siempre hosco, aparatoso y ceñudo (…) sino el diablo que conocen los viejos campesinos gallegos (…), un diablo que se ríe detrás de un valladar del susto de una rapaza, que goza con burlarse de las viejas, que sabe la importancia que hay que dar a esta vida: jovial, bonachón, receloso”.
Las gafas del diablo era una colección de artículos y el primero de ellos tenía por título: “Tribulaciones de un hombre adinerado”; en él se contaba la extraordinaria aventura de un columnista del ABC a quien cierto día le publican “una cosa suya” en un diario inglés y a vuelta de correo se encuentra con un cheque que ha de endosar no sabe muy bien cómo, dónde ni a quién. Decide ir al banco: “Digo yo que, por mal que vayan las cosas, no me han de matar”.
Lo que sigue luego, y los artículos que se suceden tras estas “Tribulaciones…” eran, así me lo pareció entonces, un auténtico prodigio de jovialidad y buen humor, como decía el autor de los diablos galaicos; además de ello, me parecieron de una frescura, de una inteligencia, también de una agudeza crítica como nunca antes había leído. Agudeza que se vertía sobre un buen puñado de asuntos de la vida cotidiana de aquel tiempo: los viajes, el juego, la riqueza y la pobreza, la educación infantil…Ignoro cómo quedaría la escritora de que hablé al principio cuando leyó por primera vez a Fernández Flórez, yo bien puedo decir de mí que quedé boquiabierto, absorto, maravillado. Yo estaba entonces convencido de que escribir bien era escribir bonito y grave, con mucha pompa y circunstancia, y quedé asombrado de que se pudiera escribir sencillo, ligero, y, pese a todo, inundar cada una de las líneas de lo que yo intuía era literatura de ley.
Poco más adelante del volumen, justo antes de que terminara, me encontré con otra colección de artículos titulada Visiones de neurastenia (¡ah, “La novia”, “La máscara neurasténica”, “La tragedia del llavín”!), que me hizo cerrar el libro con la misma fascinación y andar luego por la calle con la misma sensación de mareo que no dudo sintió la escritora de la que hablaba al principio.
Nunca he sido un lector metódico, sino más bien impulsivo y errático, para bien o para mal. El caso es que, cerrado el volumen I, lejos de acudir a alguna librería de mediano porte o a la biblioteca del distrito y solicitar, previo trámite burocrático, el resto de las obras completas de don Wenceslao, preferí husmear por las librerías de viejo, los puestos de segunda mano y hasta los quioscos y el Rastro en busca de alguna nueva novela que llevarme a los ojos. Por aquel entonces (años ochenta) no era demasiado difícil encontrar algo de Fernández Flórez dando vueltas por aquellos humildes circuitos, y recuerdo haber tenido en mi mano ediciones en rústica, manoseadas y algunas con el precio en céntimos, de novelas como El malvado Carabel, Las siete columnas, El método Pelegrín, con esa auténtica joya que es El hombre que compró un automóvil y con el tomo II de las Obras completas (recuerdo haberme marchado del puesto del Rastro a paso rápido, con el pequeño libro debajo del brazo y la extraña sensación de que alguien iba a chistarme de pronto y, al volverme, me iba a quitar aquella joya fraudulentamente adquirida por apenas cien pesetas). Con todo aquello, para disgusto de mis progenitores, iba levantando una considerable pila de libros.
Por el camino que había tomado, aunque a quiebros y desordenadamente, era de presumir que, más pronto que tarde, acabaría adentrándome en aquel bosque animado del que con tanto placer se habló en el programa de televisión. Volviendo, por cierto, a dicho programa, en él se habían reunido varios sesudos exegetas de la obra de don Wenceslao y, en un determinado momento, surgió entre ellos esta pregunta:
-¿Vosotros por qué creéis que, pese a su calidad, la obra de Fernández Flórez no está hoy por hoy lo suficientemente reconocida?
-Porque Fernández Flórez era de derechas –se apresuró a sentenciar, como por acto reflejo, uno de los invitados.
-¿Tú crees? –se apresuraron también a dudar, siempre dentro de lo políticamente correcto, el resto de los invitados. Y hablaron luego de que, en realidad, la causa podía hallarse en que no se habían hecho suficientes tesis sobre sus novelas, en que la crítica especializada nunca le fue favorable, en que en ocasiones bajó demasiado su calidad, por las circunstancias del mercado, en que sus ediciones no tuvieron demasiado recorrido…
Recuerdo que, en aquellos días de lecturas desordenadas, le comenté a cierto compañero del instituto, con quien parecía congeniar en el gusto por la lectura, mi fascinación por Wenceslao Fernández Flórez. “Vamos, no jodas –recuerdo que me comentó-, pero si ése es un facha”. Teníamos dieciocho años. “¿Un facha?”, le pregunté. “Sí, un facha. Un fascista”, y me citó luego dos obras, Una isla en el mar rojo y La novela numero trece que, al parecer, había escrito Fernández Flórez durante la Guerra Civil, una contienda que vivió en el bando sublevado, es más, que vivió refugiado en la embajada de Holanda para huir de las huestes republicanas que le buscaban para fusilarle. “No me digas que no lo sabías”.
En todo caso, insistió mi amigo, Wenceslao formaba parte de un tiempo llamado, por fortuna, a quedar atrás, era parte de una tradición castiza, casposa, la tercera de ABC, llamada a ser deglutida por los nuevos modos. En Wenceslao, me dijo mi amigo poco más o menos, venía a encarnarse la España antigua de casino y terratenientes, la España burguesa de teatro y ambigús, esa España que, no lo dijo Machado pero lo decía mi amigo, olía a puro y a coñac en copa grande. Una España cateta y polvorienta que mostraba con orgullo sus telarañas. Esa España de Cela, fascistón ilustre, demasiado encumbrado por desgracia como para intentar derribarle, de Delibes y su cultivo de la boina, de Aldecoa y sus obreruzos pintorescos, de la triste de Matute y de todas, en fin, las figuras del franquismo, allá fueran en el mismo saco. Había, me dijo mi amigo, que abrir las ventanas, dejar que entraran los nuevos tiempos y se llevaran todo ese regodeo en el adjetivo, esa morosidad en la prosa, tanto melindre gramatical y tanta etimología latina. En fin, creía haberse explicado.
Lo que había era que leer a Kerouac, a Ginsbergh, a Burroughs, a la generación beat; a la gente del boom también, si quería venirme al castellano, pues al fin y al cabo eran extranjeros; a Carver y el realismo sucio, a Kennedy Toole, a Thomas Pynchon, a Bukowsky, por supuesto, a Salinger…
A cualquiera menos a Wenceslao Fernández Flórez.
No quisiera hacerme trampas ni presentarme ante un posible lector como una víctima inocente de esta especie de prejuicio posmoderno. Siempre he sido un tipo débil, nunca he tenido el más mínimo carácter. Al instante de oír aquellas palabras de mi compañero, dejé no sólo de leer a Wenceslao, sino que me sumé al coro de todos aquellos que no bien oían un determinado nombre corrían a ladrar contra él por rancio, carca y reaccionario, en ocasiones (casi todas las ocasiones) sin haber leído de su obra ni una sola línea. “¿Torrente Ballester? No me hables de Torrente Ballester. ¿Sabías que fue falangista?”
Tenía por aquel entonces (a mí me refiero, no a Torrente Ballester) diecinueve años, veinte, veintiuno quizás…
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Hoy vivo en una casa mediana, tengo aquello de lo que carecí en mi infancia: estanterías. Acabo de cerrar El bosque animado, el libro aquel al todo me conducía, si hubiera seguido el curso natural de los acontecimientos. Lo acomodo en las estanterías, después del tomo IV de las Obras completas, y junto a otras novelas de Fernández Flórez que he conseguido recuperar previo encargo a una cadena de grandes almacenes. Todos son ejemplares nuevos o en buen estado, algunos me han costado bastante, ninguno tiene las tapas de papel, el dibujo antiguo, la tipografía anticuada y el precio en céntimos de aquellos otros que cierto día tuve en mis manos. El tomo I luce esplendido dentro de su antigüedad, refulgente, sin ese lomo cuarteado y despegado en que vino a parar mi ejemplar antiguo después de todo el manoseo al que le sometí.
Me ha gustado El bosque animado, cómo no. Es una novela espléndida. Una novela que debería haber leído hace tiempo, cuando me estaba aguardando, al principio de todo. Hoy el camino que debía seguir está lleno de prevenciones, de desconfianzas, algunos sentimientos los ha embotado el cinismo, de la capacidad de asombro sé que quedan pocos restos.
Hoy entierro El bosque animado en la estantería y pienso que el hombre es una suma de lo que ha vivido, de lo que ha leído, pero también, y quizás sobre todo, lo que ha dejado de leer.
Etiquetas: Apuntes literarios, Licencia 1, Literatura, Miguel Baquero, Opinión
06-08-02-02: La década Zapatero
Autor: José Marzo
Serie: fuera de colección
Título: La década Zapatero
Categoría: opinión
Género: política
Tipo de licencia: Licencia 1
Fuente: © José Marzo y La Vieja Factoría
Observaciones: 13.614 caracteres
"Reconocer los logros implica, más que un elogio de lo avanzado y una expresión de conformidad, lo mucho que se puede seguir avanzando con el esfuerzo común".
Hace apenas veinte años, en un intercambio de estudiantes internacional, los anfitriones, adolescentes de Estados Unidos, preguntaron a sus huéspedes españoles si en sus casas, allá en el sur de Europa, disponían de servicio. Deseaban saber si al devolver la visita, en el domicilio de su familia de acogida encontrarían agua corriente, váter, lavabo y ducha. Algunos no disimularon su decepción al enterarse de que su estancia en España nos les depararía un extra de aventuras por dificultades para la higiene corporal. Es cierto que, en esa época, en Madrid todavía podía encontrarse en alguna vieja corrala de Lavapiés un retrete compartido para toda la planta, no muy lejos de los viejos baños públicos del chaflán de la calle de Embajadores esquina ronda de Atocha, donde por la tarde los vecinos guardaban cola con las veinte pesetas en el bolsillo. Eran casos excepcionales en ciudad y más frecuentes en poblaciones rurales. Durante un fin de semana en tierras de Salamanca, tuve la oportunidad de servirme agua sumergiendo el cazo en una tina y de hacer mis necesidades en una letrina, junto al corral de las gallinas. En la actualidad, la vieja quinta agrícola es una casa rural con calefacción central y servicio completo en todas las habitaciones. El hijo del propietario, que ha estudiado Bellas Artes y garabatea versos en los ratos libres, planea promover en el establecimiento recitales poéticos y exposiciones de fotografía. Aún no ha convencido a su padre, que teme que una tropa de artistas ahuyente a los clientes habituales, empleados de poder adquisitivo medio y medio-alto que buscan sacudirse el estrés laboral a base de silencio, aire puro y paseos a pie y a caballo.
La combinación de la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona de 1992 supusieron la puesta de largo de una España que ya se había subido al tren de la Europa unida. Atrás quedaron sepultados los cuarenta años de dictadura, aquellos últimos coletazos de un mando militar aupado pistola en mano a la tribuna de oradores del Parlamento. La joven democracia, que lucía los hombros desnudos y un escote, no estaba dispuesta a vestir el corsé de la madre, aún defensora de los principios morales de la Contrarreforma cuando en Francia las faldas se acortaban hasta la cadera. Mientras el turista nostálgico podía seguir asistiendo a las corridas de toros de la Feria de San Isidro con un puro en la boca a lo Hemingway, correr los encierros de Pamplona, visitar las procesiones de la Semana Santa sevillana o contemplar la mejor pinacoteca del mundo en el paseo del Prado, una nueva generación cultural representó la embajada del cambio. El cine asumió su responsabilidad de arte internacional. Sin el apoyo de una industria sólida, las películas kitsch y desenfadadas de Pedro Almodóvar mostraban unas gentes distintas que se atrevían a vivir según sus inclinaciones. Con el tiempo, siguiendo esa brecha, irrumpirían Álex de la Iglesia o Alejandro Amenábar, dueños de una técnica que homologa sus películas con el cine más elaborado de Hollywood.
En treinta años de democracia, se ha garantizado la escolarización de todos los niños, el acceso universal a la atención sanitaria y las pensiones para los jubilados. Millones de jóvenes, de todas las condiciones sociales y territorios, han tenido la oportunidad de seguir estudios universitarios. Según los indicadores, las desigualdades según la renta individual se han reducido, así como las desigualdades según las regiones. Gracias a la descentralización del Estado (y a los fondos europeos), se han remodelado cascos históricos de capitales de provincia y se han acometido obras de servicios públicos en todas las ciudades: bibliotecas, centros culturales, equipamientos deportivos. Cuando el asfalto se extendió por el camino de la última alquería de la Sierra de Gata, supimos que la furgoneta del distribuidor de periódicos y la del farmacéutico ya podían llegar cada mañana hasta el pueblo más retirado. Una incipiente red ferroviaria de alta velocidad va extendiéndose lentamente; primero fueron Córdoba y Sevilla, luego Zaragoza, Toledo y Valladolid, ahora Barcelona... en el plazo de unos años no habrá un gran núcleo urbano sin su propia estación.
Reconocer los logros implica, más que un elogio de lo avanzado y una expresión de conformidad, lo mucho que se puede seguir avanzando con el esfuerzo común. La historia se rehace constantemente y no sigue una trayectoría lineal. A veces cambia de rumbo, parece detenerse, retroceder. ¿Qué sentido colectivo tendría desandar el camino recorrido y aumentar las desigualdades económicas y sociales, limitar las libertades individuales, segar a los jóvenes la oportunidad de estudiar una carrera universitaria, coartar las libertades artística e intelectual, centralizar lo descentralizado, minar la asistencia pública sanitaria y las pensiones?
Una tarde del mes pasado coincidí en el bar con un vecino. Se sentó a la barra a mi lado y pidió un café. Nos habíamos cuzado decenas de veces por la calle en los últimos dos años y habíamos coincidido en la cola de un cine. Solía pasear por el barrio sosteniendo del brazo a una señora de edad avanzada y en invierno llamaba la atención con su gorro de piel con orejeras. Aunque en una ocasión cruzamos comentarios acerca del pequeño accidente de tráfico del que fuimos testigos, nunca hasta ahora habíamos mantenido una conversación y ni siquiera conocíamos nuestros nombres.
Tiene treinta y siete años y es divorciado. Después de ocho años de noviazgo, la pareja se rompió en seis meses de convivencia. "Ya talludito, regresé con mis progenitores –me dijo–. ¿Quién tiene nómina para pagarse él solito un alquiler o una hipoteca?" Aunque se licenció en Biología con buenas notas y obtuvo el doctorado, lo más cerca que ha estado de ejercer su profesión fue impartiendo clases de apoyo de bachillerato en una academia privada. Ha sido camarero, cartero, vendedor de coches de segunda mano, teleoperador. Del último empleo lo despidieron de modo improcedente por su apoyo a una demanda sindical; ganó el juicio y una indemnización, pero no fue readmitido. Descubrimos que compartíamos rasgos biográficos. Hacia 1985, ambos asistimos con otros trescientos mil espectadores al histórico concierto del grupo británico The Smiths en el Parque del Oeste; y su padre, como el mío, era obrero de la industria del automóvil y militaba en el sindicato Comisiones Obreras cuando éste era todavía ilegal, en el último periodo de un franquismo que ya agonizaba.
Pertenecemos a esa generación que alcanzó la mayoría de edad cuando, finalizada la Transición, las instituciones democráticas se consolidaban. "¿En qué momento se estropeó todo? –se preguntó–. Tuvimos las oportunidades que nuestros padres no tuvieron, estábamos mejor preparados. Mi madre apenas si sabe hacer su firma. Lo tuvimos todo y nos hemos dado de narices contra las puertas cerradas. No nos falta lo imprescindible, pero hemos sido incapaces de trazar nuestra propia vida... Trabajando como leones, hemos tenido para quince días de vacaciones en el extranjero y para salir un par de días al mes, para el crédito de un coche, pero no podríamos mantener una casa. Eso, y las discusiones por cualquier tontería, fue lo que acabó con mi matrimonio". Me dijo que ahora estudiaba unas oposiciones para auxiliar administrativo del Ministerio de Justicia; ha dejado de buscar empleo para centrarse en ellas. Con una sonrisa caída, concluyó que ya tiene "donde caerse muerto", la casa de sus padres, que heredará algún día, pero que le faltan unos diez años de cotización para garantizarse la jubilación.
La radiografía de lo colectivo proyecta millones de historias individuales. A muchos otros les fue mejor, pero la sensación de que la democracia ilusionó y, a continuación, frustró muchas expectativas individuales es compartida por una mayoría silenciosa. Mi vecino lo confirmaba sin acritud ni pasión, como quien ya ha dado por perdida la batalla y simplemente intenta explicarse a sí mismo qué ha ocurrido. "Nuestros padres pelearon por mejorar, se manifestaron, se unieron, se batieron el cobre día a día; nosotros creímos que el mérito individual iba a prevalecer. Nos tragamos el cuento de que solos podemos llegar más lejos". Con todas las excepciones que podamos encontrar, "el cuento" no se ha cumplido. El argumento de las estadísticas coincide con el testimonio de las experiencias subjetivas. Casi la mitad de los asalariados no alcanza los mil euros de sueldo mensual. En Madrid, los jóvenes deben destinar hasta un setenta y cinco por ciento de sus recursos para la compra de una vivienda. La fractura generacional se ha abierto: recientemente, el informe de una fundación bancaria divulgaba que en torno a la mitad de los jóvenes de entre veintiséis y treinta y cinco años serían pobres si se emanciparan y no contaran con el apoyo económico de sus padres, a una edad en la que sólo ocasionalmente debería uno recurrir a ellos.
"Nos lo tragamos, el cuento de que solos se puede llegar a algún lado", me repitió. Hemos sido, en gran medida, una generación apolítica, decepcionada de expectativas incumplidas y de un engorroso juego de partidos al que se nos invitaba a participar cada cuatro años, cumpliendo ese ceremonial que un politólogo calificó como "democracia de audiencia".
La política contemporánea, las instituciones de la democracia liberal, tuvo que hacer frente a un reto, el del ascenso de las "masas" al escenario histórico. Nunca me ha gustado el término "masas". El marxismo leninismo y el liberalismo clásico de un Ortega y Gasset coincidieron en este vuelo elitista sobre la población y en llevar a la práctica métodos extremos para su control; uno, anulando la individualidad hasta disolverla en la figura de un partido único, expresión de la totalidad; el otro, disolviendo las dimensiones social y política del individuo hasta atomizarlo, limitando su acción a lo privado y, en la práctica, convirtiéndolo públicamente en mero operario laboral y consumidor de siglas y marcas.
Según el último de los informes publicado por el Observatorio de la Juventud de España, tres cuartas partes de los jóvenes declara sentir poco o nada de interés por la política. De modo paralelo, también carecen de una biografía asociativa. Más de cuatro de cada diez nunca han pertenecido a una asociación. De los que sí se han asociado, la mayoría lo ha hecho a colectivos de carácter deportivo, y en menor medida lúdico y religioso, siendo minoría los que en algún momento optaron por organizaciones de carácter cívico, social o político.
Pero ¿no ha quedado atrás la era del maximalismo? ¿Es necesario escoger entre ser masa o devenir un átomo aislado? ¿No estamos constituidos por contradicciones aparentes? A la salida del trabajo, el ejecutivo de una multinacional se desanuda la corbata y colabora con una organización anticapitalista; el propietario de un comercio, con tres trabajadores en nómina, siente que la sangre le hierve cuando los derechos laborales de su hija son vulnerados en la fábrica donde se ha empleado de administrativa; un pequeño inversor se plantea su salida del accionariado de una empresa al enterarse de que es responsable de vertidos en un río. La comprensión de esta complejidad, la aceptación incómoda de nuestra realidad mestiza, es un escalón necesario para la búsqueda de soluciones.
"Quiero creer en los políticos –concluía mi vecino–, porque la política es necesaria, pero me cuesta tanto..."
Por las características del sistema institucional español, una monarquía parlamentaria, las elecciones legislativas se convierten simbólicamente en unas presidenciales. Hace cuatro años, una multitud de jóvenes recibió al entonces diputado José Luis Rodríguez Zapatero tras su victoria electoral: "¡No nos falles!" corearon. En la conciencia de cada individuo yace la ilusión que anima sus reclamaciones. Algunos habrán visto frustradas sus expectativas, pero no puede dejarse de constatar que el gobierno que ha presidido ha ido cumpliendo la mayoría de sus compromisos electorales: nos sacó del atolladero iraquí y promovió el diálogo internacional, aumentó los derechos legales de los homosexuales, desarrolló la ley de dependencia, que hará más llevadera la vida para cientos de miles de personas, abrió una negociación para las reformas estatutarias en varias comunidades autónomas, se procedió a una regularización de inmigrantes, sometiéndoles al imperio de la ley, que garantiza derechos y prescribe obligaciones.
A la hora de decidir su voto, de adherirse a una asociación o de comprometerse con un proyecto, al expresar públicamente sus opiniones, el ciudadano hace una reflexión que le fuerza a remontarse por encima de sus circunstancias personales. De esta perspectiva más amplia, que se sobrepone a los meros intereses particulares, depende el bien común. Toda una generación reclama ser actor de su propia existencia y un mayor protagonismo público, lo cual sólo podrá conseguir asumiendo las dimensiones social, política e histórica de su personalidad. Los partidos políticos y las organizaciones mayoritarias saben que si al ciudadano se le reclamara adhesión incondicional, probablemente tendrían que prescindir de él por completo. La autonomía del ciudadano es compleja, opera en un mundo cambiante y relacional, se desarrolla en la medida en que renuncia al señuelo de las soluciones simples, pero no ceja en el empeño de una sociedad más próspera y el ideal de una democracia más plena.
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Etiquetas: José Marzo, Licencia 1, Opinión, Política
06-08-02-01: A vida o muerte
Serie: Atlas
Título: A vida o muerte
Categoría: opinión
Género: literatura, filosofía, deporte
Tipo de licencia: Licencia 1
Fuente: © José Marzo y La Vieja Factoría
Observaciones: 4.626 caracteres
Primera vértebra cervical, que sostiene la cabeza.
Para Jordi
La historia me la contó uno de sus protagonistas, Jordi, fotógrafo de deportes de aventura.
Visité su estudio de fotografía industrial, un taller amplio en una ciudad de la periferia de Barcelona. Al fondo había focos, un paraguas reflectante y una cámara de gran formato en su trípode, apuntando sobre una mesa vacía. La zona de la derecha se dedicaba a almacén; en la de la izquierda se alineaban los puestos con ordenadores. En los bordes de la pantalla de su ordenador y en la pared frente a la cual Jordi pasaba varias horas sentado cada día, estaban esos pequeños objetos y retratos íntimos con los que solemos dar sentido a nuestros espacios de trabajo.
Había varias fotografías de montañas nevadas y alpinistas. Entre las aficiones de Jordi se encuentra el alpinismo. Le declaré mi admiración por Reinhold Messner, del que apenas unos meses antes yo había leído Mi vida al límite, su biografía en forma de entrevista. En su juventud, Messner había coronado el Nanga Parbat en compañía de su hermano, que se perdería y moriría durante el descenso por una ruta inédita. Reinhold recibió críticas feroces, incluso se le acusó, sin pruebas, de ser responsable de la muerte de su hermano, de haberlo abandonado. En el futuro, Messner atravesaría el desierto del Gobi, recorrería la Antártida a pie empujando un trineo, fundaría un museo en sus Alpes natales, financiaría y apoyaría diversos proyectos culturales y ecologistas.
Los alpinistas como Jordi habrán escuchado numerosas veces prejuicios del tipo “Están locos”, “¿Por qué jugarse la vida a ocho mil metros de altura?” Yo tenía noticia de escaladores que habían sobrevivido a situaciones de vida o muerte, que habían perdido yemas de los dedos a causa de la congelación y que, una vez repuestos de sus secuelas físicas y mentales, se embarcaban en una nueva expedición a las alturas.
Jordi levantó uno de sus pies y presionó la puntera del zapato con la mano. También él había perdido varios dedos.
Ésta es la historia que Jordi me contó, tal como la recuerdo:
Él y su compañero de cordada emprendieron en verano y por una vía concurrida la escalada de uno de los ochomiles que forman la cordillera del Himalaya. Apenas a unos centenares de metros de la cumbre, sobrevino una tormenta. Hicieron vivac a la espera de que el tiempo se tornase favorable. Después de unos días, la situación se hizo insostenible. Debían salir cuanto antes de aquella trampa si querían tener alguna oportunidad de sobrevivir. El regreso por la ruta de ascenso era imposible. Sólo contaban con dos opciones, o intentar alcanzar la cumbre para desde allí descender por la llamada Vía normal, o intentar bajar por la cara sur. Arriba, donde entre paso y paso hacen falta hasta minutos para recobrar el aliento, encontrarían cada vez más frío y menos oxígeno. En la cara sur no había rutas de descenso conocidas, pero sí precipicios, valles expuestos a aludes... lo imprevisto. En cualquiera de los casos, estaban seguros de que los esperaba la muerte. No existía criterio objetivo que les permitiera decidirse por una opción en detrimento de la otra. Con síntomas de congelación, sin poder hablarse en medio de las extremas condiciones ambientales, se miraron, se comunicaron por gestos. Uno de ellos intentaría la ruta hasta la cumbre; si la alcanzaba, desde allí seguiría la cómoda vía de descenso. El otro intentaría descender por la cara sur.
Semanas después, a su llegada al aeropuerto de Barcelona, Jordi fue recogido por una ambulancia y llevado a una clínica de Zaragoza, en la que ingresó al cuidado de un equipo especializado en congelaciones. Consiguieron recuperar algunos de los miembros afectados, pero perdió varios dedos del pie.
Habían pasado veinte años desde aquella experiencia, pero al rememorarla Jordi seguía emocionándose. Su compañero murió en el Himalaya. Estuvimos hablando una media hora. Hubo algún momento de silencio. Jordi me dijo que se sentía en paz con la memoria de su amigo. Sabía que si el superviviente hubiera sido su compañero, sentiría lo mismo que él. En aquel instante en que se separaron, se habían reconocido tácitamente la responsabilidad individual que cada uno asumía con su decisión.
En los últimos meses he pensado varias veces en Jordi. No puedo saber qué hubiera hecho yo en su lugar. Él y su compañero siguieron sus propios instintos, cada uno de ellos optó por aquella salida en la que creía, aquella alternativa en la que entrevió una diminuta posibilidad por la que luchar. Ambos hicieron lo correcto. Uno luchó por alcanzar la difícil cumbre y, desde allí, incorporarse a la Vía normal de descenso. Jordi decidió luchar con lo imprevisto.
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